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No hay experiencia que defina más al hombre que cambiar de cultura. Nadie
abandona su tierra natal a menos que encuentre motivaciones básicas y
poderosas como querer comer o no querer morir. Raramente son más del 10% de
cualquier sociedad los que se van. El 90% se queda y se enfrenta al hambre
y la muerte antes que abandonar su patria. No es cuestión de ser mejor o
peor, es ser diferente. Es estar dispuesto a pagar el precio del destierro.
El emigrante abandona sus prerrogativas generacionales, sus amigos de la
infancia, sus costumbres, sus comidas típicas y su familia. Cambian todo por
la esperanza de una vida mejor o simplemente para sobrevivir.
Estados Unidos se jacta erróneamente de ser un país de inmigrantes, la
realidad es que es un país para inmigrantes. Nuestra sociedad ha dependido
de la inmigración desde su comienzo. Los descendientes, de las grandes
oleadas de emigrantes europeos en el siglo antepasado, son los que hoy
gobiernan esta gran nación. La primera generación trabajaba callaba y moría.
Los hispanos rompieron ese patrón y llegaron a la clase gubernamental en
la primera generación, hecho que ha causado parte de la presente crisis
migratoria. Las poderosas esferas que tienen el poder deducen,
correctamente, que siguiendo este nuevo patrón podemos esperar que un Pérez
cualquiera llegue a la presidencia de Estados Unidos en este siglo.
Cosas mas horribles han sucedido. Estados Unidos es una nación básicamente
protestante. En 1960, John F, Kennedy fue el primer católico que llego a la
presidencia. Es cierto que le costo la vida y no ha vuelto a haber un
católico en la Casa Blanca, pero ese es otro análisis. A pesar de la
retórica al respecto el Vaticano no se apodero de EE.UU., la unión americana
siguió ganando fuerza y nuestra historia se nutrió de diversidad. Cuando un
Pérez llegue a la presidencia sucederá lo mismo. Porque el Pérez que llegue
a la presidencia hablara un “poquito de español” y habrá sido educado en las
mejores universidades de la nación y estará totalmente imbuido del
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